El pasado día 21 de Junio celebramos la tan esperada
fiesta del Solsticio de Verano, que constituyó un
rotundo éxito, tanto por la participación que desbordó
todas las previsiones, como por el ambiente que se
vivió.
Comenzamos a las 8 de la tarde con una heterodoxa sangría (era blanca, no colorá) que estaba de muerte, mientras se daba tiempo a que fuesen llegando los más rezagados. Al poco rato, llegó la batucada, con lo que nuestras expectativas de tener una fiestecita relajada y familiar se fueron al garete. Hubo quien en las siguientes 8 horas no paró de bailar al ritmo enloquecido de los tambores, como pueden atestiguar los servicios de urgencia de los hospitales de la zona, que tuvieron que atender varios casos de ataque agudo de agujetas. También llegó un personaje muy importante que más tarde tendría un papel de máximo protagonismo, muy a su pesar: el pirata Frescachón.
Cuando empezó a anochecer, comenzaron los rituales de rigor. No sé muy bien en qué consistieron, ya que en
ese momento yo estaba más dedicado a la recolección del coco y del molusco bivalvo; sólo sé que se comenzó haciendo un círculo de
los que tanto gustan a nuestro amigo Jan, que después de algunas maniobras todo el círculo terminó en el suelo,
unos encima de otros en promiscua mezcolanza, y que después se fue todo el mundo marchando al ritmo de los
tambores hacia la orilla, donde, mientras unos aprovechaban para meterse en el agua (cosa muy
recomendable a esas alturas), otros se dedicaban a soplar por unos anillos de metal, en la vana creencia de que sus
deseos se cumplirían no se cuando (no me llames iluso).
Tras los susodichos rituales, vino el plato fuerte:
Nos dirigimos todos en ordenado desfile a un apartado junto al puerto (hay que aclarar que cuando aquí decimos
fuimos o vinimos, nos estamos refiriendo a más de 200 ejemplares de primates bípedos hambrientos, con lo cual
el hecho de que sea ordenadamente, tiene su mérito), donde nuestro amigo Javier Ibarra puso
toda la carne en el asador (y nunca mejor dicho), y consiguió dos cosas: que dejáramos de bailar por un rato
(incluso los componentes de la batucada), y callarnos a todos la boca, por el simple y eficaz método de
llenárnosla de cosas ricas.
Acabada la cena (no, no estamos en misa), una vez saciadas nuestras hambres y sedes, nos volvimos a dirigir
hacia la playa, donde Frescachón nos estaba esperando totalmente ajeno a su destino fatal. Parecía apurar su
último cigarrillo, en un acto premonitorio de lo que le esperaba. Tras unas palabras (más que palabras, versos)
de los maestros de ceremonia, y al ritmo de los tambores, comenzó el ritual. Gran pecador, por fín purgó sus culpas en el fuego purificador.
Curiosamente, su pata de palo, que tan famoso le hizo en todos los mares que surcó, fue la
última en arder. Mientras tanto, el populacho despiadado, ése mismo que semanas atrás jaleaba en el
circo romano a los leones que devoraban a tripulaciones enteras, se divertía bailando y saltando sobre sus
ascuas y se embriagaba con la queimada que meigas ávidas de sangre y almas habían preparado invocando al
innombrable, para su perdición.
Por último, comenzamos la ruta barquera, donde las tripulaciones de los barcos que visitamos (el Nanu II, el Reina, y el Desafío II),
compitieron en agasajarnos comprobando además que de lo dicho anteriormente de
saciadas las hambres, pase, pero que de las sedes, ni mijita. Estuvo muy bien la visita al barquito (lo de
barquito lo digo sin menosprecio; es que es encantador) de Dioni, porque, al margen de la caipirinha y el mojito,
cuyo único defecto, consecuencia de su virtud, fue que duraron poco, tuvimos otro aliciente que era el de
practicar el equilibrio en el estrecho pantalán (ya sabéis, agua a izquierda y derecha), en medio de una
multitud bailonga y en un estado etílico en el que a algunos, dicho equilibrio en tierra firme y despejada ya les
resultaría difícil.
A las tantas de la madrugada, Junto al Desafío II, y tras una magnífica y espontánea exhibición de Capoeira por parte de algunos componentes de la batucada, el que suscribe y la compaña decidieron dar de mano, por aquello de que todavía nos quedaban un puñado de kilómetros para llegar a territorio decente, así que no sé si pasó algo más digno de mención. Ya le preguntaremos a Paco. Sólo puedo añadir que, cuando llegamos a nuestra urbanización, el sistema de riego automático de por la mañana, acababa de ponerse en marcha. Buenas noches.
Juan Manuel
Agradecimientos:
Nuestro más sincero agradecimiento y al mismo tiempo felicitaciones por el éxito obtenido a (por riguroso
orden alfabético del primer apellido suprimiendo preposiciones, incluso alemanas):
Juan José Anting, Jan von Benckendorff, Javier Jordán, Rafael Ruiz, y Jesús Valdivielso, sin cuya dedicación
entusiasta esta fiesta no hubiera sido posible.
Gracias también a nuestras incansables bailarinas (por riguroso orden alfabético del nombre): Elena, Isa, Macarena, Noelia y Pilar.
Por último, (y no en importancia), gracias especiales también a Paco y Conchita.
Por supuesto, si me he comido a alguien (bueno, o simplemente omitido, que aún está muy fresco el recuerdo de los leones), ruego que sepa perdonarme (y si no que lo aprenda), y que me envíe por intermedio de sus padrinos la información necesaria para subsanarlo.